Sobre Eugenio Montejo

20 ago. 2011

Fotografía: Lisbeth Salas



Montejo nos dijo que “cada poema, cada obra de arte, encarna un diálogo
secreto, a menudo amoroso, con las calles y las casas, las tradiciones y los mitos
de ese poema mayor que se fundamenta en la ciudad. El París de Baudelaire,
la Alejandría de Cavafy, la Lisboa de Pessoa, se nos tornan inseparables de sus
poetas, en una medida tal que el destierro hubiese necesariamente supuesto un
silencio definitivo”.
¿Qué papel juega entonces el poeta para evitar ese desarraigo, ese destierro
absoluto, ese ser abolido para siempre, ese convertirse en un hombre sin ciudad?
Para Eugenio el poeta debía ser el arquitecto por excelencia “que reproduce a
su modo la geometría espiritual de ese plano mayor donde halla lugar la vida
común”.
Montejo consideraba que el reto de la poesía y de la arquitectura es grave,
perentorio, pues “lo más excitante del futuro es que no podemos pedirle
benevolencia”.
También nos inculcó que “el poema es una oración dicha a un Dios que sólo
existe mientras dura la oración”. De manera que mantener vivos los poemas de
Eugenio es darle vida a nuestras oraciones.
Aquí incluimos uno de sus más invitantes deseos y promesas:

No ser nunca quien parte ni quien vuelve
sino algo entre los dos,
algo en el medio;
lo que la vida arranca y no es ausencia,
lo que entrega y no es sueño,
el relámpago que deja entre las manos
la grieta de una piedra.


“Mudanzas”, Terredad, 1978.

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