Poemas con Luis Yslas

17 feb. 2013

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Luis Yslas Prado
Cel: (0412)719 5025
Twitter: @luisyslas
Contacto Editorial Lugar Común: editorial.lugarcomun@gmail.com / @edlugarcomun
Contacto Librería Lugar Común: libreria.lugarcomun@gmail.com / @libreraLC
Contacto El Nacional: Avenida Principal de Los Cortijos. Edif. El Nacional. Piso 2. Revista Todo en Domingo. Teléfono: 2033640 / E-mail: lyslas@el-nacional.com


Poema de Reinaldo Arenas



Poema de Fabio Morábito




Del poemario Compañero paciente, de Luis Enrique Belmonte (Lugar Común, 2012)

Gente mala gente

Los que no estiran su cobija cuando hace frío
los que saben el nombre de la canción pero no lo dicen
los que te dan palmaditas mientras te sacan provecho
los que callan ante la maravilla
y la guardan bajo llave en su despacho.

Los que fingen una risotada para complacer al jefe
los que en tiempos de resaca colectiva
acaparan bombonas y bebidas reconstituyentes
los que maldicen la vida porque los días no fueron
como ellos querían que fuesen los días.

Los que no comparten cigarros ni mostaza
cuando en verdad hacen falta
los que hacen cálculos sin estimar
quién se quede varado en el camino
los que te dejan botado en la autopista
los que retienen la buena noticia
y esperan pacientemente el momento
en que esa noticia se convierta en un reclamo.

Los que andan restregándote lo que no eres
los que maltratan a quien les sirve el cafecito
los que gozan un montón cuando alguien se resbala
y hacen leña del árbol caído laboriosamente.

Los que ante una desgracia piden que les cuenten
con lujo de detalles exactamente cómo fue
y se regodean en esa macabra exactitud.

Los que detestan la música y los melómanos sin oído.

Los que tienen perros o gatos
y son incapaces de enseñarles a esas pobres criaturas
que son perros
o que son gatos.

Gente mala gente.


Esguince y otros percances    

Lleva tiempo aceptar
que un esguince es para siempre.

Uno va aprendiendo a vivir con esa duda en el tobillo,
oscilando en los brocales o en los desfiladeros.

Comprender que en el origen de todo esguince
nunca falta una buena metida de pata,
y que la amenaza de una recaída
siempre estará asociada
a cualquier movimiento en los bordes,
contribuye a elaborar una adecuada
consciencia del percance.
[Y repetir el mantra que dice
con la pata coja pero con la frente en alto
también puede servir de gran ayuda].

Algunos eruditos consideran
que el famoso talón de Aquiles no fue otra cosa
que un esguince de tobillo mal curado,
pues resulta que uno no sabe, o se entera ya muy tarde,
que cuando se tiene un esguince es necesario guardar reposo,
inmovilizar la pata por un tiempo.

Lo que pasa es que después del percance
nos zampamos una caja de analgésicos
y al día siguiente pateamos la calle y nos olvidamos
que el percance continúa incubando esa molestia
en torno al maléolo externo, esa molestia
que nos acompañará durante toda la vida,
y más aún los días húmedos,
y más aún si corremos sobre la arena detrás de una pelota,
y más aún si nos toca hacer de grulla y quedarse quieto,
en silencio, vigilando el horizonte.

[Compañero paciente]: Si por un paso en falso usted se ha doblado la pata
y le duele y se le inflama porque se le desgarraron los ligamentos,
deberá considerar que tiene un esguince de tobillo,
siendo recomendable que remoje la pata en una ponchera
con agua salobre caliente
y deje de ensayar maromas o de bailar frente al espejo.
No abuse de su esguince y otros percances.


Limpiar los cristales

Limpiar los cristales,
darle bien duro hasta que rechinen
y puedan volver a verse:
las nubes,
el globito flotando,
el zamuro sobre la antena.

Limpiar los cristales [con esparadrapo, sin contemplación]
hasta que relinchen y puedan volver a verse:
la sombra del bombardero,
la gota que se desliza,
la mano que afuera
te está saludando.


Del poemario La inquietud, de Alberto Barrera Tyszka (Lugar Común, 2012)

En defensa del amor

El amor no combate la muerte.

La diluye.

Desdibuja sus dientes, evapora
algunas amenazas, descuida
el miedo que
siempre –el miedo–
solo –el miedo–
solo somos.

Nos hace más amables, divertidos; más
hermosos.

El amor es nuestra mejor violencia.

La más débil. La más feroz.

La única que nos hace sentir, en
algún momento,
que hay
otro destino, que
en verdad

nuestras vidas no son los ríos,
que no dan al mar, que
no es
el morir.

(Para Enrique y Wanda, mis padres)

Deuda

Los amigos muertos a veces vuelven,
con sus cabellos aún mojados;
entran a casa,
beben vodka, escuchan
los discos de Emerson, Lake & Palmer,
preguntan demasiado.

Yo sirvo la mesa, lleno
cada vaso, estoy
casi feliz.

Después de algunas horas,
los platos parecen naves solitarias,
ciudades tristes sobre el mantel.
La noche, entonces,
se encoge,
cruda,
terrible.

Y de repente estoy otra vez solo,
arañando la envoltura de unos nombres.

Los amigos muertos a veces
regresan.
Se sientan a la mesa, piden
más hielo, dejan
sus labios enredados sobre el aire.

Y se van. Desaparecen. Vuelven
a dejarme,
repitiendo este ensayo fatuo,
el inútil equilibrio de la madrugada.

Jamás he escrito sus nombres. Jamás
he escrito lo que siempre
debí escribir.

Amén por ello.
Amén
por todos ellos.

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